jueves, 6 de diciembre de 2018

Por alguna razón que desconozco

Por alguna razón que desconozco, aunque intuyo los motivos, ha venido el frío pronto este año. No saberme las respuestas, el agobio o los nervios que me piden que respire y le dé otros diez momentos a las cosas que me irritan, casi ya no me preocupan, os lo digo de mentira. Cómo voy a relajarme... llevo grapas en los ojos que funcionan como alarma, que me obligan a mirarme y recuerdan lo que escuece la existencia por las noches, cuando calla todo ruido en las calles y yo sigo con mi mente y su jauría muerta de hambre.

¿Duele menos lo perdido cuando nadie conocía que era tuyo? ¿Cabe menos soledad? Crece y crece la gazania en el centro de mi pecho. No sabía que vendría cargadita de altibajos: serpentinas en el aire espantándome las nubes, un milagro que, de cuajo, extirpaba mi pasado, sembradío de temores, cien pellizcos en el vientre —más abajo, más abajo—, la sonrisa juvenil decorándome la boca, la garganta obstruida con lo seco del otoño. Y la lluvia. Cómo voy a seguir cuerda... sobre todo, cuando busco la locura. He ahí mi gran problema, si es que puede así llamarse a ser tonta, terca, triste... o inconsciente. Bueno, no. Inconsciente sí que no. Que de tanto darle vueltas a los asuntos, intentando que no quede una ranura que mis ojos no conozcan, llego a ver el huracán mucho antes de que ocurra; pero no me pasa siempre. Tengo veces que aparezco en el borde de un barranco cuando el paso era seguro porque yo lo veía llano, pero no.

Lo importante es que me empuje yo a mí misma, si es que quiero despeñarme, o sujete, firmemente, a mis brazos con mis brazos, para no hacerme daño. Los susurros que se callen. Sugerencias no he pedido. Voy desnuda, más que antes. Con las manos bien abiertas porque quiero la locura y todo el roce. No me tiembla ya la voz. 

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